Astrónomos con poca vista, el Spotify de los 80 y los Ramones
Carta excéntrica #62
Si Perceval se hizo un hueco en la leyenda artúrica por derrotar al caballero Rojo y buscar el Santo Grial, otro Percival logró fama por enredarse en una fatigosa batalla sobre el planeta Marte y por la búsqueda del muy esquivo Planeta X. Y esa es la primera historia de la Carta de hoy.
El astrónomo que a veces veía canales
Percival Lowell era de familia bien, muy relacionada y con bastante dinerico. Eso le permitió estudiar matemáticas en Harvard (donde su hermano era uno de los peces gordos) y viajar por el mundo para documentar sus libros sobre Japón y Corea. En fin, otro estadounidense rico y un poco snob de finales del XIX living la vida loca. Pero entonces cayó en sus manos la obra de un hombre que cambiaría su destino: el francés Camille Flammarion.
Era un coetáneo suyo, astrónomo, divulgador y espiritista (no necesariamente por ese orden) que publicó varios ensayos en los que apostaba, sin prueba alguna, por la existencia de vida extraterrestre. Percival, que tenía tiempo, posibles y bastante ego, decidió que si alguien podía demostrarlo era él, así que se gastó una fortuna en construir su propio observatorio profesional en Flagstaff, Arizona, y apuntó el telescopio a Marte.
La elección no fue casual. Desde décadas antes, ese planeta sonaba como candidato a albergar vida gracias a otro astrónomo, este italiano, de nombre Giovanni Schiaparelli.
Schiaparelli era metódico, obsesivo y detallista, pero también (glups) miope y daltónico. Ajustando el enfoque a sus problemas de visión y fijándose más en el contraste que en los tonos de color del planeta, había observado en la superficie de Marte algo que sus colegas no detectaban: un patrón lineal, unas rayas finas y oscuras que bautizó como canali.
«Más que verdaderos canales […] debemos imaginar depresiones del suelo no muy profundas, extendiéndose en dirección rectilínea por miles de kilómetros. […] Ya he señalado una vez más que, de no existir lluvia en Marte, estos canales son probablemente el principal mecanismo mediante el cual el agua (y con ella la vida orgánica) puede extenderse sobre la superficie seca del planeta.»
En la traducción a otros idiomas se sobrentendió que esos “canales” eran resultado de las dotes para la ingeniería de una civilización inteligente. Y a ese canal sin agua se lanzó Percival de cabeza. Lowell sabía lo que quería encontrar antes de ponerse delante del telescopio, así que enseguida observó y dibujó con espíritu artístico una intrincada red de canales que ningún otro astrónomo veía. Salvo Schiaparelli, claro.
En 1895 publicó el primero de sus tres libros dedicados a Marte. Defendía que los canales formaban una trama hidráulica de más de 700 kilómetros y que solo podían ser obra de una civilización deseosa o necesitada de llevar agua desde los casquetes polares hacia las zonas habitadas del ecuador.
Aquello le supuso fama inmediata y hay quien dice que fue la semilla de buena parte de la literatura posterior sobre extraterrestres. No en balde llamamos marcianitos a jugar al Space Invaders y marciano, en general, a todo alienígena. 👽
H. G. Wells supo de los trabajos de Lowell y publicó en 1898 La guerra de los mundos, una historia donde los marcianos huyen de su planeta moribundo e invaden la Tierra. Un filón argumental que explotaría, también inspirado por el astrónomo, Edgar Rice Burroughs en la primera entrega de la saga de aventuras John Carter.
No fue su único estudio polémico. Años antes ya se descolgó con el anuncio de la observación de unos extraños vórtices, como gigantescas tormentas de rayos, en Venus y que, de nuevo, nadie más podía contemplar. Casi ni el propio Lowell, quien solo los veía al ajustar de un modo muy concreto las lentes del telescopio.
Un optometrista jubilado, Sherman Schultz, dijo en 2003 que esa configuración era similar a la que usaba para detectar cataratas en sus pacientes, por lo que sostiene como probable que las líneas que el astrónomo intuía en Venus solo eran el reflejo de los vasos sanguíneos de su propia retina. 😱
Tras esos quehaceres, pasó sus últimos años de vida buscando una explicación a otro misterio, el de las órbitas anómalas de algunos cuerpos en los confines del Sistema Solar. La solución para explicar ese fenómeno debía ser la existencia de un noveno planeta, del que supuso una masa y poder gravitatorio descomunales y una hipotética ubicación más allá de Neptuno: el Planeta X.
Percival Lowell murió en 1916. Legó a sus colaboradores el encargo de despejar esa X, el observatorio y dos millones de dólares para los gastos. Pero también dejó viuda, y Constance Lowell no estaba dispuesta a conformarse con el coche, la renta vitalicia y los 15.000 dólares en efectivo que le tocaron en el reparto de bienes.
Ella tenía 44 años y Percival 53 cuando se casaron. La boda fue una sorpresa para todos, porque se daba por supuesto que la estrecha y prolongada relación que mantenía el astrónomo con su asistente Wrexie Leonard era más que profesional.
Para ser honestos y justos con ella, asistente es decir poco. Leonard publicó sus propias investigaciones y fue miembro de la Sociedad Francesa de Astronomía. El inesperado matrimonio se achacó a un posible veto familiar a Wrexie por la diferencia de posición social entre la pareja de científicos. En contraste, Constance formaba parte de la alta sociedad y ella misma gestionaba una gran cartera de propiedades inmobiliarias.

Sea cierta o no su relación de hecho, Wrexie Leonard fue despedida a instancias de la mujer de Lowell nada más fallecer su marido. Pocos años después (puede que como venganza contra Constance, como homenaje a Percival o ambas cosas a la vez) la colaboradora de Lowell publicó un libro donde le dedica un poema y le muestra sin cortapisa alguna su adoración: inteligente, amable, ingenioso, brillante, atlético, bondadoso… En fin, dejemos el cotilleo.
El caso es que Constance recurrió el testamento y tuvo paralizadas las investigaciones sobre el misterioso planeta X hasta 1929, una vez que los tribunales aceptaron algunas de las demandas económicas de la viuda.
Al año siguiente, Clyde Tombaugh, un técnico de laboratorio de solo 23 años, encontró la mota de polvo que el Lowell Observatory buscaba en el espacio. La publicación de la noticia del hallazgo del planeta X, que se hizo el 13 de marzo para hacerla coincidir con la fecha del nacimiento de Percival, dio la vuelta al mundo en cuestión de días. Solo faltaba ponerle nombre.
La viuda de Lowell, que era todo un personaje, sugirió Percival, Lowell o Zeus. También se repite en muchos sitios que lanzó la idea de que se llamara como ella, Constance, pero no he dado con esa propuesta en las cartas que intercambió al respecto con los responsables del observatorio, la verdad.
Como no coló ninguno de esos nombres, se barajaron Minerva, Cronos o Atlas. Este último a iniciativa de un astrónomo, William Henry Pickering, quien reclamaba para sí parte del crédito en el hallazgo. Al igual que Constance, Pickering también tenía lo que podríamos llamar una fuerte personalidad. Vamos, que la mayoría de sus colegas no le soportaba.
Así que el director del observatorio, V. M. Slipher, se decidió por la propuesta enviada por Venetia Burney, una niña inglesa: Plutón, en honor al dios romano del inframundo. A ver, la niña no era cualquier niña. Su tío abuelo Henry Madan ya puso los nombres de Fobos y Deimos a los satélites de Marte y, como Plutón era corto, elegante y encima empezaba con las iniciales de Percival Lowell, pues le mandaron un premio de cinco libras a la pequeña y así se quedó.
En 2006, cuando Plutón fue sacado de la primera división del Sistema Solar y degradado a planeta enano, la prensa preguntó su opinión a Venetia: “En mi defensa, yo tenía once años. No me pidieron un dictamen científico.”
Casa de citas
“Si La Patrie del 17 de febrero no ha disimulado la verdad, la misión antropofágica enviada por el diario a Nueva Guinea habría logrado un éxito total, tanto que ninguno de sus miembros habría regresado, excepción hecha, como corresponde, de dos o tres especímenes que los caníbales tienen la costumbre de dejar con vida para encargarles trasmitir sus saludos a la Sociedad de Geografía.”
El Spotify en papel de los años 80
Si tienes una buena pila de años, quizás estuviste suscrito al Boletín de Discoplay, como más de un millón de personas en toda España. Tras pasar por la venta de discos en un puesto en el Rastro de Madrid, Emilio Cañil y Mariano Fuentes abrieron su primera tienda en los sótanos de Gran Vía, crecieron, se multiplicaron y, al separarse, Fuentes lanzó su propia cadena: MF.
Recibir por correo el Boletín permitía conocer las novedades, las ofertas y, además de discos, comprar camisetas, cintas TDK, pósters o revistas. Bueno, pues hay una web que mantiene la memoria de esa publicación con todos los números digitalizados, incluido el especial que dibujó Ceesepe. Seguro que recuerdas alguna portada.
Mayo en el jardín
Medio siglo de Ramones
Más discos de otros tiempos. Cumple cincuenta años el primer álbum de Ramones, pues salió a la venta el 23 de abril de 1976. Una semana de grabación y 6.400 dólares de presupuesto bastaron para dar a luz 14 canciones frenéticas (de poco más de dos minutos cada una), resueltas con tres acordes y con unas letras locas que lo cambiaron todo.
El primer sencillo, Blitzkrieg Bop, nunca entró en las listas de éxitos, pero eso no impidió que meses más tarde ya fuera disco de oro y que a medio mundo se le pegara aquello de Hey! Ho! Let's go!
Gracias por la lectura y saludos si te sumas ahora. Pasa, pasa; hay sillas de sobra. ✋
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